Monday, November 24, 2008

Una vez por año




Como puede verse y comprobarse, el último post apareció en este blog hace casi un año. En realidad, cuando vi que se venía la coincidencia supe que tenía que escribir el siguiente post, es decir este, el mismo 22 de noviembre.
Tampoco pude.
No entiendo por qué la gente, en especial la gente que usa esta herramienta llamada blog para mostrar algunas cosas, se avergüenza tanto ante lo que no puede. Supongo que se le muestra a los otros el ritmo imbatible, la voluntad, el ingenio constante, la constancia en sí misma. Pero no sé por qué de pronto estoy hablando de los demás.
Acá estoy yo, con mis dificultades y la suma de mis no poderes, a ver en qué se convierten.
Un año entero. Da para el recuento, la crónica obesa, la desilusión temporal. El tiempo pasa. Algunos se resisten.
No es que se me haya ocurrido de antemano y como un proyecto “subvertir los modos en que nos relacionamos con el tiempo”. Al contrario, siempre estuve a punto de revitalizar este blog. Creo que el último post, dedicado a un comentario sobre la novela Igor, traía consigo la propuesta interna de usar el blog para ir guardando (y mostrando, claro) las reseñas sobre el libro. Pero quedó ahí. No obstante, a la derecha de su pantalla pueden ver un nuevo link, puesto hace algunos meses, en plena época del silencio, llamado, creo: algunas cosas sobre Igor. De eso también me cansé a mitad de camino.
Desde noviembre pasado hasta ahora pasaron muchas cosas que podría haber escrito acá, incluso varias que tuve la intención explícita de hacerlo.
Pero no.
La verdad es que, ahora mismo, me siento más constituido y delineado por mis proyectos fallidos y mis fracasos fantasmales que por todo lo que salió bien, lo que se transformó en objeto intercambiable o en fórmula fácil de decir. Me enorgullezco de las geniales cosas que nunca escribí, y de las ideas magníficas que invertí en una noche de borrachera con amigos y jamás volvieron a mi mente.
Después de aquel mítico 22 de noviembre, en el verano estuve con un grupo de escritores amigos en Neuquén, participando de una especie de festival y viviendo entre las cuchetas del albergue municipal. Una noche, después del evento y todo eso, estábamos en el centro tomando unas cervezas, una mesa larga en la vereda pero de esas un poco deformes que se arman alineando mesitas redondas con sombrilla que están claramente para otra cosa. Lucas, que estaba en otro punto de la ciudad con Luna, festejando algo, supongo que el hecho de estar vivos y juntos, llamó al celular de Paz y le dijo que nos dijera que estaban evacuando la ciudad porque un volcán había entrado en erupción (¿se dice así?) y había que huir. Paz lo dijo en voz alta y todos nos reímos. Entonces Lucas volvió a llamar y habló conmigo. Me di cuenta de que estaba asustado y me asusté. Volví a explicar lo mismo a la banda y empezaron las especulaciones conjuntas. Todavía nadie se movía. Pasaban camiones de la policía pero ninguno se acercó a nosotros. En la tele, las noticias hablaban de barrios de Buenos Aires. De a poco los más escépticos se resignaron y volvimos al albergue, después de convencer a algunos taxistas de que se venía la nube tóxica, no podían negarnos un viaje de cinco o seis personas. Cuando llegamos al albergue, Lucas estaba yendo de un lado para otro cerrando las ventanas y tapando los huecos con, creo recordar ahora, aunque puede ser que se me mezcle con anécdotas ajenas, trapos húmedos. Como hacían los norteamericanos cuando Welles transmitió en vivo la llegada de los extraterrestres.
Algunos que habían estado en el río esa tarde recordaron haber visto una mancha luminosa atravesando el cielo, pero atravesándolo como hacia acá. Ya entonces habían tenido miedo. Se hicieron muchos chistes, estas situaciones de encierro grupal con peligro inminente del lado de afuera, más cuando el peligro es de tipo natural, son ideales para ambientar películas de terror o contar chistes, según el presupuesto que se tenga. Los más asustados se fueron a dormir casi de inmediato (al día siguiente los vimos tapados hasta las cabeza por las sábanas, y qué envidia me da la gente a la que el miedo le da sueño). El resto nos sentamos alrededor de una mesa, con todo lo que eso implica. Nuestro presupuesto daba para chistes, además de una gran cantidad de porro (se hablaba de enfrentar a la nube tóxica con otro nube tóxica, y eso no era un chiste sino una verdadera táctica), una damajuana de vino tinto que, de pronto me acuerdo el nombre como una iluminación, se llamaba “Garrón de Piedra”, y una botella de Whisky que Urman guardaba para alguna ocasión de peligro (como esa noche, y como cualquier noche en la vida de Urman).
Esa noche fue una fiesta, y una de las más raras y divertidas que haya vivido. Una fiesta quieta, encerrada. Pasaron muchas cosas alrededor de la mesa, creo que nadie cambió de lugar en toda la noche: hubo llantos, agresiones, peleas de parejas, reconciliaciones.
Encima, para colmo: éramos todos (o casi todos) escritores, así que podía salir un texto increíble de ahí adentro.
Una de las formas más tristes, aunque genuinas y espontáneas, de no ser demasiado feliz cuando se es feliz, es deslizarse al futuro e imaginar la crónica del momento presente. A mi me pasa mucho, y se que es una estupidez pero también se que me hace ser lo que soy. Un estúpido, con virtudes y defectos, con gustos y disgustos, y con ganas de escribir.
Tal vez el pico de intensidad hilarante de la noche de la nube tóxica fue cuando jugamos un juego propuesto por Urman: el tuti fruti mental. Se elaboraban una serie de preguntas tipo: qué dirías antes de ahogarte en el río Limay, qué le clavarías a Levín, qué te gustaría que te metan en el culo, cómo insultarías al repositor del supermercado, qué palabra te gustaría que se diga en tu velorio, qué le dirías a una ex pareja, etc. Después se elegía una letra mediante el sistema habitual del tuti fruti, y se respondía siguiendo una ronda en la que todos estaban obligados a ganar.
Ahora escribo apoyando un codo sobre la pila de hojas en la que está impresa la primera parte del guión de una película de terror que estamos escribiendo con Urman. No tiene nada que ver con la nube tóxica. Aunque, es cierto, la pareja de protagonistas tiene los nombres de una de las parejas que estaban esa noche en la fiesta del encierro.
Después vino el asado de fin de año, el misterio de la pata de chancho que nadie comió pero tampoco siguió existiendo, tardes en el río limay, pero esto no es una crónica. En mi última noche en Neuquén, nos íbamos a juntar (Paz y yo) con Jaramillo, pero el hígado no se lo permitió. Jaramillo es el impulsor neuquino de aquellos festivales, el que conseguía todo eso que después se ponía en movimiento. Al que le dije, el año anterior, que Neuquén era la Seattle argentina. Ahora vive en Buenos Aires, y publicó un libro de poemas en la Editorial Funesiana: Grunge.
Después, en el mismo verano pasado, todavía después del 22 de Noviembre y antes de ahora, estuve unas semanas en Valeria del Mar. Algunos días compartiendo con mis viejos en una casa demasiado grande, con una parrilla y un jardín de esos que obligan a la felicidad de un modo un tanto prepotente; hasta que ellos se fueron y me quedé solo.
Estuve escribiendo. Casi sin parar y sin darme cuenta, antes o después de meterme al mar, antes o después (incluso durante) de hacer un fueguito y tirar unas carnes a la parrilla. Estaba empezando a escribir la novela policial que tenía que terminar de inmediato, casi antes de que se resolviera el crimen, y eso me tenía un poco nervioso: escribir ‘a pedido’, apurado, una novela de género. Todo nuevo. Problemas éticos y prácticos demasiado entrelazados. Hasta que me hice el boludo y me puse a escribir otras cosas, y así, como sin querer, se empezó a escribir la novela. Entretanto escribí un poema, Los perros de la costa, que debe ser uno de los textos menos pretenciosos que escribí en mi vida, tal vez no en su resultado, pero seguro por el modo, fluido, en que pasaban las palabras al cuaderno desde mi cabeza, o incluso sin pasar por ahí. Un par de días vino a compartir la soledad mi amigo Romero. Él estaba escribiendo su policial. Usamos la misma computadora, él al mediodía, yo a la tardecita. Comimos un asado que sería irrespetuoso intentar describir. No se pueden describir los anillos de chinchulines crocantes porque las tripas no están para eso. Algunos escritores dicen escribir “con las tripas”. Durante esos días, había que escribir hacia las tripas. Una noche terminamos ridículamente borrachos en el único bar nocturno de Valeria del Mar, El Balero. Está ubicado sobre una barranca, a una cuadra de la playa. Ahí un pibe de pelo largo, que entonces trabajaba en una de las pizzerías de la zona, nos contó que el año anterior había alquilado El Balero con su primo, y habían vivido ahí, entre la barra de licores importados y antiguos, la soledad del intervalo y el viento frío del mar azotando los ventanales de vidrio. Con Romero nos miramos pensando que eso era algo para hacer. Esa noche Romero, que si disfruta algo y no lo enseña se pone triste o se inquieta, me enseñó a tomar cervecitas Corona con una medida de Tequila. Varios meses después, pero todavía antes que ahora, me dejé convencer por él, sin que él tuviera que intentarlo, de entrar en los libros de Bolaño. En 2666, creo, había un par de personajes que tomaban todo el tiempo sus “jaiboles”. Investigando en internet entendí que se refería al “Highball”, un trago compuesto, básicamente, de Ron y Ginger Ale, que es lo que estoy tomando en este preciso momento y uno de los descubrimientos que más alegría solitaria trajeron a mi vida.
Cuando el micro estaba caracoleando para entrar por fin al purgatorio de Retiro, en ese momento corrupto en que el nombre Retiro se vuelve contradictorio (después de haber sido hermosamente atinado) me encontré pensando que todo eso que había pasado era algo para hacer. Para repetir, para estructurar como un ritmo.
Esa es otra de las cosas tristes. Cuando la felicidad (o al menos la intensidad, que puede ser de angustia) no entra en el presente y se la dosifica imaginándola partida hacia el futuro. El ritmo, la rutina que, siempre supuesta, o presupuesta, aligera de la carga de tener que leer algo en la realidad. Imagino a un chico escuchando por primera vez una canción que le resulta dolorosamente bella y, al minuto cuarenta, decide que va a escuchar esa canción todos los días a las siete de la tarde. Durante el minuto cuarenta restante hace oídos sordos e intenta hacer entrar el proyecto en su vida cotidiana: entonces no voy a poder ir a jugar al fútbol, si mi chica quiere ir al cine, si los pibes me invitan a… Fin del tema.
Los proyectos fracasan porque uno no termina de comprender la materia con la que se arman. La materia, esa iluminación momentánea, o esa serie de ideas que terminan por engarzarse en un momento específico que nadie propuso, o ese chiste que explotó y duró un segundo más en la realidad de la mente, la materia tiene la gracia de expandirse pero como tal, como lo que es. Entonces lo que fracasa en sí es la idea de proyecto. El terror ante esa materia, demasiado vital o demasiado decisiva, que lo lleva a uno (me lleva a mi) a agarrarla y maniobrarla para que sobreviva, que actúe en el tiempo, que tenga su ritmo, que sea. Porque parece que ser es el modo en que el ritmo te escribe la biografía en vivo.
Epa. Nos vamos para el lado de los tomates teóricos.
Lo cierto es que la materia no quiere repetirse. Quiere, a lo sumo, que se la recuerde y en el recuerdo se le de forma. Tal vez entonces las dos corrupciones de la realidad presente, la de la escritura y la del ritmo, sean puras enemigas.
Es por eso que leer blogs suele ser una tarea de auto flagelo que consiste en ver la manera tristísima, de esfuerzo ansioso y pose fatigada, en que varias docenas de personas intentan apuntalar su nombre y su apellido clavando una bandera en el desierto del ritmo.
Basta.
Juro que esto no pretende ser una crónica ni un balance, pero un par de días después de haber pisado Retiro, cuando cumplíamos tres años de noviazgo, me separé. Sólo el prodigio de la separación puede conseguir, sin fallar a la gramática ni a la sintaxis, empezar una oración en plural y terminarla en singular. Y La Fecha, ahí, herida ponzoñosa. Es que ninguna cosa de las grandes puede pasar entera en un día. Por eso esos días son tan difíciles, y hay que tomar lo que se derrama por los bordes como esa noche yo tomé en la casa de mi a migo Agustín. La fecha nos enseña que en un día no pasa nada, aunque es posible que algunas cosas terminen, por fin, de pasar. Por eso se festejan, las fechas.
Feliz día de la fecha.
La casa de Agustín, después, se fue armando como lugar, y casi lo pongo con l mayúscula. Los dos trabajamos “desde casa”, o “free lance”, y gracias a la naturaleza portátil de la notebook cada tanto me voy para allá y compartimos unas jornadas laborales, siempre apuntaladas por charlas y entretiempos que se van agrandando como el hambre después de una picadita, o la sed después de una cerveza. Últimamente implementamos unos micro asados laborales en su balcón que convierten al trabajo de escritura en un modo sereno y sincrónico de acompañar el hacerse del fuego.
La notebook, ahora que lo leo, es un elemento decisivo en este post de aventuras, aunque recién ahora se la nombre por primera vez. Mi único otro objeto de valor es un acordeón de cuarenta y ocho bajos, que viene a ser, según cuenta la historia del instrumento, como la notebook de un piano.
Si un genio me ofreciera dos deseos, pediría ser portátil en el espacio y dócil en el tiempo. ¿Se puede así? ¿Se puede intentar?
Ahora bien, cuando me separé incubé también el proyecto de ir escribiendo algunas cosas al respecto en este blog. Nada.
Eso sí: el termino ‘separarse’ es un poco ambicioso. Para que se separe la piel de la carne de un morrón, después de quemarlo por fuera con todo el fuego que se tenga a mano, hay que encerrarlo en una bolsa de plástico (vacío, falta de oxígeno) y dejar que el tiempo pase. Entonces, supuestamente, la piel ‘se separa sola’. Pero nadie se separa solo.
De qué estoy escribiendo.
Quiero decir, una separación exacta y simultánea implicaría la existencia previa de dos unidades homogéneas, sólidas. Y no hay nada de sólido en todo esto. Casi lo único que me mueve y me llena, o de lo que me vacío y por donde me muevo, es líquido. El problema es que el amor se ritmiza en la pareja, la pareja requiere de la fantasía de reciprocidad y equidistancia, uno termina por creerlo y entonces cuando se separa piensa que va a ser de la misma manera, con esa misma “mecánica armada” por usar una expresión espantosa. Pero no. Imposible.
Algunas veces nos vimos, desde entonces; una vez, incluso, nos vimos dos veces.
Entonces compuse uno de esos slogans con los que me azoto para despertarme o mantenerme despierto: lo que importa es estar a la altura de los propios deseos.
Recién hace unas semanas, en una de las interminables y míticas noches en el Club Cultural Pachamama (que son míticas en el presente, como sólo el lenguaje de las pesadillas lo permite) me encontré, con mi amigo Simón y algunos otros que no termino de recordar, estableciendo la conexión entre la figura del ‘genio’, que es entre otros el de la lámpara, y la idea de los ‘deseos’. Sólo un genio es capaz de hacer entrar a los otros en la dimensión de sus deseos.
Eso vendría a ser escribir.
Qué lindas y qué largas son las noches del Pacha. Largas no sólo hacia delante, porque por cada minuto de blablás etílicos y lúdicos en avance se consolidan dos minutos del pasado, en los que el blablá se vuelve ya mitológico, una voz, o cientos de voces hablando a cientos de multitudes entrecruzadas, y hablando sobre algo que es siempre lo mismo pero cada vez más, como un secreto. Tal vez, porque el Pachamama es una zona de juegos solitarios que se encuentran y cada cual piensa lo que puede al respecto, tal vez para mi las noches de ahí se reduzcan a: una banda soporte de espectáculo cultural que da paso a una gozosa conversación coral que se va limando y puliendo hasta devenir en la charla con Simón, y ahí quedamos, haciéndole el aguante al sol que llega y el tiempo que pasa. Es que ese lugar (también me tienta la mayúscula) es especial, porque es abierto para los de afuera y hermético para los de adentro, o sea: una vez que estás, nada de lo de afuera te puede alcanzar. Es lo contrario a internet. El Pacha es una casita en la ciudad que está vedada a los hipervínculos. Ahí uno se puede sentir verdaderamente separado, esa entelequia. Uno puede descansar porque sabe que nadie lo necesita, que no es parte de la trama de las ansiedades de ningún otro que no se apersone ahí, con su jeta, sus superpoderes y sus debilidades.
Eso es una separación consumada.
Si se acepta la muerte como a una separación consumada, el paso del tiempo se llena de una alegría misteriosa.
Por lo pronto, ahora es 24 de noviembre, y hace tengo calor. Mi vecino de abajo, el señor que arregla las cosas con el carsima y además compra-vende y arregla aires acondicionados, me dijo una cosa muy pertinente a lo que se viene escribiendo: “La gente es idiota. Yo les digo, comprámelo en invierno y te va a salir la mitad de la plata, con la instalación incluida. Pero no hay manera, esperan a cagarse de calor, como si no supieran que después del frío va a volver el verano”.
Cuando llegan los primero calores, guardo billetes en los bolsillos de la ropa abrigada y me olvido al instante.
Hay algo que me conmueve en esa lógica de los juegos solitarios. En esas leyes de uno mismo para uno mismo, que no se pueden romper porque si se rompen se termina el juego. Eso debe ser le ética. Así me gusta pensar la escritura, la mía en particular y la del universo de escritores en general: como un mapa de juegos solitarios que se cruzan, se tocan, se encuentran. Escribir es un juego solitario, una aventura personal, lo cual no quita nada de la existencia de la literatura en el mundo real, ni le roba un ápice de presencia militante: al contrario, la militancia se ensancha cuando cada uno escucha de verdad lo que le dicta su historia y así compone su ética, desde una separación consumada (inevitable también) y sólo entonces puede encontrarse, si el azar y la revolución lo permiten, con los otros.
Entonces se me arma un quilombo, porque sólo puedo derivar en algo que parece contradecir todo lo anterior.
Esto es: una vez por año. Con el olvido en el medio, un olvido periódico. Masticando cada vez cada intervalo. Eso es un juego solitario, un chiste interminable. Y eso es lo que me conmueve, cuando un chiste (o un cuento, como dice Landricina), se vuelve una cosa tan grande, rara e inmanejable, que se caga en el cajón en que lo pusieron, inventa su propia lógica, su propio ritmo, y sale arando para el infinito.
Así que entonces, esto puede ser el primer capítulo de una novela, seguramente corta, que voy a ir escribiendo cada vez que se acerque la última decena de noviembre.
Como no puedo asegurar que voy a estar para el próximo, cada capítulo debería prefigurar la estructura entera de la novela, y contener, a su vez, un final posible.

Thursday, November 22, 2007

Igor existe

Así parece. Diego Vecino escribe en el blog La contrarreforma una reseña de la novela. Escribe, también en realidad, una reseña sobre la imposibilidad de escribir reseñas. Tal vez el defecto de Igor para sobrevivir en la opinión pública sea esta especie de capacidad de contagio. Quién sabe.

Gracias, che.

Tuesday, June 19, 2007

Hoy, hoy, hoy, hoy...


Voy a leer un texto de ficción sobre la novela de Wapner. Y van a pasar muchas otras cosas "experimentales", pero no se cuáles.

Wednesday, June 13, 2007

Desde el exilio

En los grandes edificios pálidos, digo los edificios de trabajo y transacción de cuerpos, recursos humanos y técnicos, no hay nada que se escuche con la melodía del que duerme, despierta, duerme. Me concentro y no la escucho. Perdí el centro, no se oye nada.
Así que se escribe así.
“Así”: el ritmo es una secuencia encriptada de interrupciones, ruidos ritualizados. Bailemos la danza del orden, bailemos.
Los edificios, acá, son grandes y pálidos y no se ubican en el paso del tiempo. Lagunas. Son, por decirlo de una manera romántica, inescribibles. No tengo nada para decir sobre el edificio que me contiene: es invisible, inaudito. Para eso disponen esta musiquita, otra, infantil en el mal sentido. Sin progresión. Sin la mugre de lo que se acumula, lo que crece - que siempre es basura.
No hay manera de: escribir una crónica sobre un día de trabajo en un edificio grande y pálido. Los días se presentan (siempre presentes) como una sutil repetición. Todas las veces es como la primera vez, todas son la primera vez. No hay representación. Por eso es tan complejo ubicar el cuerpo cuando es, en efecto, el primer día, la primera semana: las conexiones entre recursos humanos, los recorridos, sólo pueden hacerse como si siempre hubieran sido hechos.
Escribo chiquito para que no me lean alrededor, pienso que me espían. Escribir abochornado es una experiencia de una intensidad aletargada pero profunda, como perdida.
Hay tiempo para escribir, en el escritorio, hay horas, minutos y segundos. Pero no hay lo qué, no hay materia. No hay tiempo para escribir.
Excepto que se desmonte algo de la estructura, como ahora, acá. Como escribir ahora, acá.
Este ejercicio, este desmontaje, me devuelve algo estimulante, un espacio de la escritura ligado a la necesidad. Inventar un ahora, un acá, es necesario aunque no terapéutico: es una forma de hacer tiempo.
El montaje de los edificios pálidos apunta a evitar, o al menos amortiguar, el golpe de los recursos humanos contra el tiempo. Como esos lugares de juegos de niños conocidos como “salas blandas”; barrios privados edificados en goma espuma. El sueño de la seguridad total, la ciudad que no necesita evitar la colisión porque los elementos colisionantes se vuelven inofensivos. Acá, con su musiquita de repeticiones, su escenografía pálida y las máquinas de dispensabilidad, acá con, pretenden un tiempo blando, pretenden volver inofensivo al tiempo. Una niñez (otra vez, en el peor sentido) maniquizada, congelada.
Claro, no lo había pensado: Walt Disney.

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Friday, May 18, 2007

Llegó la noche, otra vez.


Esta noche, los miembros del quinteto que lleguen en un estado de salud al menos relativamente óptimo, invitan con:
fiesta narrativa y guisito anti gripal.
Comida gratis y literatura en vivo también.
La vamos a pasar bien.
(y, a la venta, los libros que ven ahí, a buen precio y dedicados de puño & letra)
(Sería un buen nombre para una revista literaria - o, bueno, blog colectivo, ponele- : Puño & Letra. ¿No? Bastante claro.)

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Tuesday, May 08, 2007

Sobre Igor



Me gusta esta idea:

No es casual que las mujeres aparezcan dispuestas como mamushkas: no hay descendencia sino inclusión, esto es, una genealogía mítica. Sobre este linaje reacciona la nostalgia de Igor.

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Monday, April 30, 2007

Huevos de codorniz al escabeche

[Digresión: a punto de escribir un ensayo]
El ensayo es una cosa rara. La foto del lenguaje humano y su anhelo de despejar la X. No creo que sea posible despejar la X sin una construcción que vamos a llamar, por ponerle un apodo, ficción. Todo lo que yo digo, lo que yo dice, cimienta la posibilidad de decir yo.
No entiendo.
Un ensayo sobre los efectos socio económicos de la crisis en medio oriente debería utilizar todas su armas al alcance para lograr descifrar quién es el yo que lo piensa y por qué está pensando en eso. Ciento cincuenta páginas, o trescientas, de un ensayo que intentan descifrar por qué yo estoy pensando en el conflicto en medio oriente, daría cuenta cabalmente de todo lo que un yo puede decir sobre el conflicto en medio oriente. Despejar la X.
No me parece real la posibilidad de plantear un tema, interrogarlo, estudiarlo y analizarlo, si el desarrollo no se sostiene en la problemática, siempre ficcional, de un yo pensando.


[Digresión 2: ahora sí]
Todo para qué: para decir que mi tema con los huevos de codorniz al escabeche no podría ser pensado sin la condición biográfica de mi vida laboral. Vivo solo y trabajo en mi casa. Es decir, paso mucho tiempo solo. Lo cual me hace muy difícil creerme uno, un yo lógico y bien delimitado. Durante los días, la presencia de otros que son diferentes, unos otros de los que hay que defenderse y diferenciarse, aliviana el trabajo de armar el cuentito que le permita a uno creer que uno es uno, y no cualquier otro, y no una sucesión enfermiza de unos distintos, una carne que soporta una mutación constante.
Yo no soy una carne que soporta una mutación contante, principalmente porque no quiero serlo, y así escribo el cuentito de lo que soy.


[Digresión 3: el problema Paenza]
Así, una persona sin enemigos, una persona que no genera, al enfrentarse a los otros, la necesidad de diferenciación, de separación, es muy probablemente una persona esquizofrénica, alguien que presta su soporte cárnico a lo que cada otro quiera pensarle. Es todos. Tal es el caso de Adrián Paenza, un caso que me gustaría pensar en profundidad alguna vez. Quiero decir que no se puede escribir sin enemigos, porque así no se puede despejar la X.


[Disrgresión 4: qué hacés + determinado amigo = quién sos]
Hay personas que, tal vez por una cualidad estable y perdurable, tal vez por el tipo de vínculo que tienen conmigo, transforman con mucha claridad la pregunta de cómo estás, o qué hacés, en la pregunta quién sos, o qué sos. Es la gente que lo hace a uno escritor de ficción; que exige el sentido biográfico que anuda el caos.
Como vivo y trabajo solo, en casa, suelo entrar en contacto con esta gente, durante el desierto significante de los días, vía telefónica. Así es que, cuando Amigo Agustín me preguntó cómo andás, le tuve decir que estaba comiendo unos huevitos de codorniz al escabeche. Ahora soy comiendo unos huevitos de codorniz al escabeche.
Ser un personaje de ficción implica estar suspendido entre el pasado y el futuro, y construir una idea de yo que se postule como causante de lo que pasó, derivado de lo que pasó, y gestor del porvenir. Para poder ser uno, mi propia ficción, un día hice algo: preparé unos huevitos de codorniz al escabeche, para otro momento. No cociné para desandar la inmediatez del hambre, sino para hacerme un regalo, que el olvido cómplice convertiría en sorpresivo, para quién quiera que fuera yo en un futuro. Por ejemplo al otro día, hablando por teléfono con Amigo Agustín. Entonces sí, yo soy comiendo el escabeche porque actúo el personaje que escribí ayer.


[Digresión 5: autoayuda]
El género popular de ficción de estos tiempos es la autoayuda. Y me resulta más sensato, como genero popular, que el folletín, la telenovela o las novelas policiales de otros tiempos. Escritor Manuel Puig construyó su obra reproduciendo cierta lógica de las ficciones populares de su tiempo, como el folletín y la trama melodramática. Con el resultado puesto (sabiendo que logró dar con la literatura a través de esta posibilidad), todos lo aplaudimos. La gracia sería arriesgar a perder todo, hasta la literatura, como él, sumergirse en la ficción popular de ahora; reinventar su impulso más que copiar sus resultados. Porque todavía ahora, para ser como Puig, algunos toman por 'popular' la idea de folletín y melodrama. Pero hoy es hoy, después de ayer, y lo popular es otra cosa. Hay que hacer literatura con la autoayuda.
[Digresión 6: autoayuda 2]
Cuando escriba un libro de autoayuda voy a proponer esta solución. Si el problema es : no sé quién soy, no se qué papel interpreto en el teatro de los días, hoy no se me conecta con ayer ni con mañana (no soy nada), yo diría. Hágase un regalo.


[Digresión 7: el regalo]
Como cuando cumple años un familiar, o amigo, y usted piensa: quién es él, quién soy yo, qué objeto puede representar lo que está entre medio de él y yo, y de qué manera, al obligar a él a tener una nueva posesión, puedo contribuir yo a que él sea quien yo creo que es. Cómo fijarlo ahí, en mi certeza de que él es, a través de la autoridad temporal de un objeto que se presume perpetuo.

[Digresión 8: autoayuda 3]
Bueno, haga lo mismo con quién usted será mañana. Disponga de su tiempo presente para delinear la persona que quiere ser en el futuro. Prepare una rica conserva para que el que ud. será mañana agradezca haber sido el que fue ayer. Y en el agradecimiento establezca una continuidad, un relato. Habite el relato que propone el descomunal desfasaje entre el tiempo que invierte en cocinar un plato y el que se consume en comerlo. Coma usted, cómase a ud. mismo y sea el producto genuino de su digestión, la materia transformada por el tiempo. El tiempo de la cocción y el tiempo de la digestión son sus aliados. La mente y el organismo disponen sus discursos para que ud. sea, permanezca siendo, dure. Cocine para no ser cocinado. Coma para no ser comido. ¿Cómo? a través del relato según el cual ud. se llama yo.
Haría falta un ejemplo, o ejemplos combinados, para que el texto de autoayuda sea efectivo.


[Digresión 9: un ejemplo]
El tiempo de la cocción es, a su neurosis, lo que el tiempo del embarazo a su naturaleza paterna: el tiempo que prepara la ficción de un yo que esté en condiciones de admitir, y absorber los efectos de la novedad, como un hijo o un plato de comida.


[Digresión 10: interrupciones + interferencias = el ensayo (2) ]
Las interrupciones y las interferencias son actores importantes en el teatro de los días. Así, Amigo Agustín tuvo que resolver un problema, otro, uno de él que lo convertía a él en él, y me dijo que me llamaba en quince minutos. Entonces me puse a pensar en esto. Yo ya era, para entonces, dos cosas: el que se comía su tiempo regalado y fragmentado en la forma de una docena de huevitos de codorniz al escabeche, como células bombónicas que explotan su acidez en el paladar; y el que tenía alguna idea de auto ayuda derivada del proceso. Claro que el tiempo. Cuando Agustín me llamó y retomamos la conversación, ya me había comido todo los proyectos de codornices. ¿Quién era yo, entonces? ¿con quién quiere hablar?
No era el mismo que antes, pero es cierto que algo de la experiencia permanecía y yo era, era yo sus residuos.
Porque ahora, después de comerlos y saberlos ricos, después de comprobar en su sabor mi saber, a mí me quedaba algo.


[Digresión 11: la receta]
Hervir durante cinco minutos una docena de huevos de codorniz. Sacarlos, ponerlos en agua fría, retirarles la cáscara y la pielcita que los recubre y reservarlos en un frasco. Por otro lado, calentar una sartén con un chorrito de aceite. Sumergir una cebolla picada y un par de dientes de ajo machacados. Cuando comienzan a perder color, agregar una taza de vinagre de vino y una taza de agua. Salpimentar y agregar una hoja de laurel. Dejar cocinar la mezcla quince minutos. Luego colar y cubrir los huevitos de codorniz con el líquido resultante. Tapar. Guardar en la heladera. Olvidarlo un poco, comer otra cosa. Salir a la noche, olvidar por completo el reposo de los huevitos en la heladera. Despertar con resaca. Encender la computadora. Intentar trabajar, en vano. Seguir olvidando. Este punto es muy importante: no se olvide de olvidar la preparación. Si ud. no lo olvida, el escabeche no se absorberá lo suficiente en el cuerpo de los proyectos fallidos de codorniz. Seguir intentando trabajar hasta desesperar. Confirmar que todo el trabajo que tenía que hacer hoy, podría bien hacerlo mañana. Bajar al supermercado a comprar unas cervezas para la noche. No se olvide los envases. Abra la cerveza apenas la apoya sobre la mesa. Ahora sí: recuerde. Abra el frasco. Pruebe un huevito. ¿Le gusta? Felicitaciones: usted es uno.
Muy bien, qué tenemos entonces. El saber experimental que nos permitiría repetir la acción en el futuro. Saber que podemos intentar hacer los mismos huevitos de codorniz Lo que tenemos es futuro, que es de un material escurridizo. La escultura puede realizarse con los más diversos materiales, pero todos son del pasado.


[Digresión 12: la repetición]
Claro que la repetición es imposible. Ese saber estático me obliga a repetirme, no a permanecer en mi ficción sino a volverla redundante, a volverla áspera en comparación con el pasado. Ese saber de la acción repetible me melancoliza. Porque yo fui el descubrimiento, la novedad, y ahora estoy encadenado como un resultado a su cuenta, pura representación de lo que fui. Ya no hay sorpresa, no hay vitalidad siendo que, a pesar de todo, lo vital es el momento en que se accede al conocimiento. Para nada vital es el momento de etiquetar y almacenar el conocimiento. Y 'yo' no es actor de lo que fui.
Lo que se acumula, en la experiencia, es conocimiento. Es el efecto residual.


[Digresión 13: una metáfora]
Somos, como entidades ficcionales descriptas, sin tiempo, el modo en que el viento de las contingencias erosiona y esculpe la montaña de residuos de nuestras acciones. Una estatua de mierda. El conocimiento quieto, perpetuado como receta, no genera experiencia, sólo pesadez. Hay que sacudirlo. Entonces Amigo Agustín me dice: ¿huevos de codorniz al escabeche?
Sí. Ese fui. Y le explico cómo hacerlos, y vuelvo a ser yo, que, como cada vez que es, es otro.
Participo de una trama que se representa en varios movimientos, uso mi conocimiento, mi residuo, como eje de unos planos temporales que significan el presente convirtiéndolo en ficción, la ficción de uno que está vivo. Uno que vive para contarlo, y al contarlo inventa el número dos. Un personaje otro de la trama, uno que no soy yo, que es yo pero no soy, y que ahora sabe que podría llegar a saber cómo preparar unos ricos huevos de codorniz al escabeche. Le doy la posibilidad a este Amigo Agustín de que sea uno que cocina, y que come, y entonces no lo cocino ni me lo como. Sólo participo, soy, estoy articulado. Hay una experiencia en camino, que es la del conocimiento como una experiencia colectiva. Lo otro es quedar congelado en el recetario, ser el coleccionista de las esculturas residuales de mi saber. Y ahí representar la anti trama, el canibalismo del saber que se come al otro porque lo incluye como una certeza, como un despojo de yo.


[Digresión 14: fin]
Hay que ayudarse a uno mismo, eso está bien. Llegar a ser uno para activar el resorte que te introduce en la trama colectiva y dinamiza el conocimiento hasta volverlo un actor presente en función de otros.
No entendí del todo este final.
No importa.
A comer.

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